Ya hacía tiempo que me había fijado en esa mujer, alta, atlética, con unas curvas de infarto, la tenía sentada día tras día delante de mi, detrás de su mesa, yo no hacía más que mirarla, no podía concentrarme, sólo deseaba besarla, sentir sus manos sobre mi, pero era zona prohibida, corría la voz por la oficina que esa espléndida mujer era la amante del gran jefe.

Cada vez que Lucas aparecía (Lucas es el gran jefe) Claudia se comportaba de un modo extraño, su preciosa cara se convertía en una máscara, no se podía apreciar ningún tipo de emoción en ella. Los comentarios sobre su relación eran cada vez menos disimulados, yo veía en los ojos de Claudia un temor y un desprecio hacia Lucas, no veía nada en ellos que me indicará una relación íntima entre ambos. Me sentía fatal, por un lado deseaba contarle a Claudia mis sentimientos, pero por otro tenía miedo de perder la magnífica amistad que manteníamos desde hacía algún tiempo.

Os podéis imaginar que se siente viendo, oliendo, sintiendo la presencia de Claudia cada día sin atreverse a decir nada, ni el más mínimo comentario... Os tengo que confesar que nadie en mi trabajo sabía que yo era lesbiana.

Al cabo de unos días de la última visita de Lucas a la oficina, nos llego una circular, comunicándonos que la empresa había decidido premiar a todos/as los comerciales con un fin de semana en una casa de turismo rural en los Pirineos. Mi mirada se dirigió a Claudia, su expresión era triste, ella estaba obligada a asistir, yo pensé que no podía desaprovechar más oportunidades así que, haciendo acopio de valor y poniéndome roja como un tómate, le pregunté si le apetecería compartir habitación conmigo en la casa rural.

Yo esperaba cualquier excusa, no tenía demasiada fe ni en mis encantos por convencerla ni en su respuesta. Pero al hacerle la pregunta su cara cambió, sus ojos, de un marrón avellana brillaron, y con una sonrisa me contestó que estaría encantada.

Mis piernas empezaron a temblar y yo, aún más roja, le dije: “vale, perfecto”, y volví a sentarme en mi mesa, sepultando mi cara bajo un montón de papeles. Tengo que deciros que era la primera vez que yo sentía algo así por una mujer, yo tenía 19 años, era mi primer amor y mi primer trabajo.

Faltaban 15 días para el fin de semana, yo estaba más nerviosa que nunca, y Claudia, que no dejaba de observarme, lo notó. Muy seria se acercó a mi mesa y poniéndose detrás de mi (sus pechos rozaban mi espalda.....) me susurró con su voz cálida y grave al oído: ¿qué te pasa cariño, no estarás arrepentida por haberme propuesto compartir habitación contigo verdad? Casi dejo de respirar, sólo había sentido su aliento en mi cuello, sus manos en mi espalda y su voz grave en mi cerebro, todo el vello de mi cuerpo estaba erizado y ella lo había notado. Claudia volvió a sentarse tan tranquila, sin dejar de mirarme y de sonreírme.

Al final llegó el gran día, era un viernes por la mañana, un viernes de primavera, de esos que tienen un olor especial, una luz especial, que sólo encuentras en los pueblos al lado del Mediterráneo.

Intenté sentarme al lado de Claudia, pero Lucas fue más rápido que yo; había decidido no poner mala cara pero los celos podían conmigo, me los tragué y intenté distraerme pensando en las manos de Claudia sobre mi, en su boca, en sus labios...mi excitación iba en aumento, concentré mi mirada en su cuello hasta que por fin conseguí que se girará y me mirara, mis ojos hablaban de deseo y los suyos recorrieron mi cuerpo de arriba a abajo, un escalofrío me hizo temblar.

El día pasó sin pena ni gloria, con Lucas pegado a los talones de Claudia, yo estaba desesperada, hacia la media tarde nos propusieron una excursión a caballo, nos dividieron en dos grupos, aquellos que sabían montar y los que no, afortunadamente para mi tanto Claudia como yo somos buenas amazonas, Lucas no tenía ni idea, así que por fin yo estaría a solas con ella. Al ver que dominábamos bien a nuestros caballos el monitor nos propuso que nos fuéramos solas a dar una vuelta, quedándose él con el resto del grupo.

Cogimos los caballos y nos fuimos, Claudia me propuso poner las monturas al galope, quería irse lo más lejos posible. Al cabo de media hora de loca carrera nos paramos, dejamos a los animales sueltos por el campo y nos sentamos en la hierba, estábamos tan cerca la una de la otra que mi brazo rozaba el suyo, mi corazón latía a tope y mis ojos buscaban sus labios, sus pechos, yo esperaba, loca de deseo por ella. Claudia se giró hacia mi, su boca estaba a pocos centímetros de la mía. Qué Marta, no tienes nada qué contarme, me preguntó. Pasó su brazo alrededor de mi cuerpo y no dejaba de mirarme y de provocarme con sus labios, yo los sentía tan cerca de mí que todo mi ser temblaba.

Abrí mi boca esperando su beso, pero Claudia quería jugar, quería que yo le confesara lo que yo sentía por ella. Te quiero le dije, estoy locamente enamorada de ti, te deseo y te pertenezco, quiero sentirte dentro de mi, en lo más hondo de mi ser y quiero que tus ojos me sonrían. Mientras yo me estaba sincerando con Claudia, ella me estaba desabrochando la camisa, ni siquiera me había dado cuenta, noté sus manos en mis pechos y un escalofrío recorrió todo mi sexo, en ese momento nuestros labios se encontraron y empezamos a besarnos con desesperación, con una fuerza increíble, las dos nos deseábamos más que a nada en el mundo, mis manos buscaban su cuerpo, su espalda, empecé a besarle el cuello, dulcemente, mi lengua recorría cada porción de su piel y mis dientes mordían sus pezones.

Claudia se arqueaba y pedía más, mi lengua llegó a sus muslos, lamí fugazmente su sexo, Claudia gritaba de placer, era delicioso, dejé que mi lengua vagara entre los pliegues húmedos y sedosos de su sexo, un sexo dulce y amargo a la vez, salado pero embriagador, mis manos seguían recorriendo su cuerpo y mis dedos encontraron al final su más profunda oscuridad.

Cuando todo pasó, nos encontramos tendidas en la hierba, exhaustas, abrazadas la una a la otra y con muy pocas ganas de volver a la casa rural donde todo el mundo debía estar esperándonos.